EL SEXTO SENTIDO EN LA DANZA
Sobrepasar los límites sin darse cuenta es muy fácil porque no son algo palpable ni tampoco visible y mucho menos establecidos por ley, pero es cierto que se puede desarrollar una cualidad a nivel sensorial por medio de la cual poder percibir cuándo atravesamos esas líneas y que nos habilita para poder detectar una forma de respuesta a las reacciones de uno o varios cuerpos. Esto sólo se consigue estableciendo un diálogo con su respectiva escucha.
En un contexto de trabajo diario en una sala de danza profesional, es muy importante diferenciar actitudes (muchas veces confundidas con el liderazgo) y desarrollar aptitudes. Desafortunadamente, las palabras definidas al principio de esta entrada son el pan nuestro de cada día en una sala de danza. No existe un manual que te ilumine y guíe como docente, coreógrafo, repetidor, director artístico, bailarín o simplemente como persona para mejorar este tipo de comportamientos, sino que se reduce a una frase tan sencilla como: “trata a los demás como quieras que te traten a ti”. No es necesario ser un tirano e infundir miedo a los artistas que trabajan contigo para que el producto final sea bueno; ese método oscuro está completamente obsoleto.
Hace algún tiempo hice una entrevista de trabajo en la que me preguntaron cómo suelo lidiar en la sala con los problemas diarios. Fue complicado responder porque, en los cuatro o cinco años que llevo como repetidora y profesora de danza, he tenido muy pocas situaciones de conflicto reales, pero mi respuesta fue “el diálogo”. A mi parecer, cuando en la sala se desarrolla un comportamiento que interrumpe la rutina, es porque hay algo concreto en la cadena de trabajo que ha fallado y debe solucionarse o explicarse, y, en tal caso, no es necesario el uso de la imposición ni de palabras más altas que otras. Es normal y habitual que surjan conflictos, no es algo negativo, al contrario, es un punto de mejora en el proceso. Muchas veces no ocultar información, explicar o simplemente responsabilizarse y rectificar es suficiente. Muchos me llamarán idealista, pero se puede conseguir, ya que no es una ensoñación utópica inalcanzable. He tenido la fortuna de trabajar con gente maravillosa que también seguían estas máximas en la sala. Por si os lo preguntáis, no, no conseguí el trabajo, me comunicaron que era demasiado buena persona para el puesto y que sentían mucho que su respuesta no fuera la esperada… Con el tiempo me he dado cuenta de que aquella respuesta sí que era la esperada, porque anunciaba una política de trabajo con la que yo no estaría conforme si me hubieran contratado. Un buen compañero comentaba una vez en voz alta lo genial que era trabajar con (no recuerdo quién) porque en la sala era exigente y perfeccionista, y aunque tú, como bailarín, hubieras tenido un día malo o más flojo de lo normal, cuando se cruzaba contigo por el pasillo te saludaba de igual a igual; es curioso que haya necesidad de resaltar este tipo de comportamientos cuando deberían ser lo habitual.
Por mi parte, he de confesar que no hace mucho, leyendo, he descubierto un síndrome con el que me siento identificada, más en mi etapa como estudiante (aunque aún quedan vestigios), y que se llama “Síndrome de Solomon”. Es un trastorno que se caracteriza por la manifestación de reacciones como la toma de decisiones o conductas evitando destacar o sobresalir sobre los demás, es decir, sobre el entorno social que te rodea. En mi caso viene del miedo a fallar, a no hacerlo siempre perfecto cuando asumes roles adscritos e internalizados como el de “el mejor de la clase”, porque los que sienten envidia aprovechan los procesos de aprendizaje y momentos de fallo para ridiculizarte. No tienen por qué ser tus compañeros, puede ser cualquier persona que esté presente en tu vida, y es que, formamos parte de una sociedad que tiende a condenar el talento y el éxito ajenos y en la que todo tiene que salir a la primera, dicho y hecho. Por eso es importante tener un trato individualizado respecto a la gente que trabaja contigo y comprender su forma de actuar para que todo llegue a buen puerto. Observar, analizar y, sobre todo, empatizar, ese es el sexto sentido necesario, el cual no difiere en absoluto de la profesionalidad.
Soy consciente de que el papel y la pantalla admiten todo, y que el movimiento se demuestra, en nuestro caso, bailando, pero consciencia y conciencia son el primer paso. Honestidad y vocación, ya si eso, las dejamos para otra ocasión.



Me ha gustado mucho y me identifico con tus últimas palabras. Gracias
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
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