DESDE CARABANCHEL AL MUNDO ENTERO
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| El salón de mi casa en Carabanchel con mi fiel compañero Bruno |
Nos mudamos a nuestra actual casa cuando yo tenía once años. Me recuerdo bailando en su salón, vacío, antes de trasladar nuestras cosas, mientras mi madre pintaba las paredes. Si hace veinticuatro años me hubieran dicho que nuestro salón, con muebles y lleno de recuerdos, añadiría a sus funciones habituales la de sala para impartir unas clases de ballet que llegarían prácticamente a rincones de todo el mundo como Francia, Nueva York, Italia, Irlanda, Portugal, Reino Unido…, o la de extensión virtual de las salas de ensayo de compañías profesionales como el Ballet de Johannesburgo en Sudáfrica, simplemente pensaría que me estaban troleando.
Puede que esto suene a despedida, pero no lo es ni por asomo, es más bien el final del prólogo de un libro que todavía está por escribir. Se han abierto puertas, caminos y opciones que hay que desarrollar y mejorar, pero que conectan, comparten y amplían visión y conocimiento a nuestro medio.
Esta semana he terminado un bloque grande de clases online que, curiosamente, no quise empezar al principio de la pandemia (varias fueron las propuestas) -entre la auto cuarentena en mi habitación al regresar a España y la incertidumbre y las malas noticias, mi mente y mi cuerpo no se sentían capaces de afrontar un reto tan grande-. Sí, hay veces que no nos sentimos capaces, que la responsabilidad autoimpuesta hace que nos tiemblen las piernas, que dudemos o que simplemente necesitemos más tiempo para arrancar. No pasa nada, somos humanos y cada uno lleva sus tiempos internos, no es obligatorio estar ocupados todo el tiempo; parar, respirar y no hacer nada es una actividad tan lícita y tan necesaria como la de hacer por hacer para no pensar y evadirse mecanizando las rutinas.
No fue hasta julio cuando sentí que podría volver a ponerme al servicio de otros cuerpos. Mi gran miedo era que la red wifi no fuera capaz de transmitir a ambos lados de la pantalla la energía, positividad, alegría y el corazón (mis mejores armas a la hora de afrontar las clases de las compañías profesionales donde trabajo) pero internet hizo su magia y desde entonces no he parado. Ha sido muy divertido, he visto gatos que han salido volando, asustados, por pasar cerca de un grand battement, familiares despistados que irrumpen, sin querer, en las improvisadas salas caseras, hermanos que juegan a los videojuegos mientras su hermana toma clase al lado de los cables, he dado correcciones estando muteada e incluso creo que mi perro, por momentos, ha pensado que se me había ido la cabeza mientras me observaba hablando en otro idioma y haciendo movimientos raros que nunca antes me había visto hacer.
Está claro que todo esto ha sido una forma de supervivencia y para nada saludable en cuanto a las calidades necesarias a la hora de ejercitar el cuerpo como un buen suelo, una barra, intimidad, tranquilidad, espacio, etc; sin duda, esta práctica conllevará tics y hábitos de los que habrá que desprenderse una vez se normalice la situación. Pero también ha traído cosas nuevas y buenas. En mi caso, me he enfrentado a varias clases de setenta personas, ciento cuarenta ojos, que han visitado, a la vez, el pequeño salón de mi casa, en Carabanchel. Además, he descubierto en la escritura una manera de desahogo ante la imposibilidad de salir a tomar algo con mis amigos, he dado clase a bailarines que fueron compañeros míos y sigo admirando enormemente, me han invitado a charlas y entrevistas e incluso, ahora, estoy coreografiando de manera online… Desde luego, la vida nos sorprende y tiene aventuras, a priori inimaginables, preparadas para nosotros; en nuestras manos está su interpretación y aprovechamiento a nuestro favor.
En definitiva, tengo mucho que agradecer, empezando por mis vecinos que no se han quejado por mi voz acompañando a las melodías de un piano enlatado, y continuando por todos los que me han permitido entrar en sus casas y a los que han querido entrar en la mía, a los que han sonreído con mis chistes malos en clase y a los que han hecho el ejercicio de imaginarse en el escenario del Teatro Bolshoi desde el salón de su casa luciendo también los imaginarios Swarovski. Porque esta práctica, de una manera o de otra, ha venido para quedarse. El cambiar el sofá de lugar y hacer un Tetris con el mobiliario del salón, ya si eso, lo dejamos para otra ocasión.



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