Las mujeres del cuerpo de baile
| ©Photography by Ash Bailarinas del cuerpo de baile del English National Ballet durante el segundo acto de Giselle, coreografía de Mary Skeaping. |
Cuerpo de baile: En el imaginario colectivo, y dentro de un contexto de danza clásica, nuestra mente automáticamente visualiza un conjunto de willis, cisnes, sílfides o ninfas. Poco se habla, sin embargo, de la empatía, la energía de grupo y la amistad que se forja entre todas ellas. Los que han pasado por un reality cuentan que son vivencias de grupo y que por muchos años que pasen solo ellos seguirán entendiendo y empatizando con aquella aventura. Con las filas de un cuerpo de baile clásico ocurre algo similar. Las peripecias llevan el título de las grandes obras y te trasladan a teatros de ciudades concretas, con olores específicos e incluso dolores que regresan a tu cuerpo simplemente recordando las anécdotas. La ficción se empeña en plasmar solo los roces, las envidias y los malos momentos (que los hay), aunque, si somos honestos, debemos reconocer que no solo lo hacen con nuestra profesión.
En el escenario, mis mejores recuerdos como bailarina de cuerpo de baile probablemente sean unas Chopinianas con las que todas sentimos una conexión especial que no habíamos percibido en ningún ensayo (nunca subestiméis un port de bras de primera a quinta posición en doce largas e interminables cuentas); otro momento colectivo maravilloso era escuchar las campanas al amanecer del final del segundo acto de Giselle, justo antes de ajusticiar la traición de Albrecht después de un gran número de saltos, todas en equilibrio sobre las puntas conteniendo la respiración para que aquella quinta no se convirtiera en un bourreé titubeante y arruinara el esfuerzo común. Esas campanas no solo significaban el regreso a nuestras tumbas, sino el final del ballet y en consecuencia el final de la jornada; el recuerdo de El lago de los cisnes también es especial y más si hablamos de la versión circular que tiene el English National Ballet para el Royal Albert Hall. Después de un doble show day y ocho actos a tus espaldas, empatizar con la tristeza de Odette durante el cuarto acto está tan solo a una mirada con alguna de tus compañeras. Eso era sentimiento de grupo y dolor en comunidad… Todo lo descrito reforzaba los lazos entre nosotras. Supongo que he sido afortunada por estar en las filas de una compañía en la que lo “normal” era que tus compañeras se enfadaran si enfermabas y tenían que ocupar tu sitio sin importar el rol, debido al volumen de trabajo. En otros lugares pasa justo lo contrario. Nos cuidábamos entre nosotras, en los camerinos compartíamos lágrimas, risas y secretos, y eso era lo que nos hacía fuertes en escena. No todo era color de rosa - la vida nunca lo es -, pero precisamente por eso intentábamos ponérnoslo fácil entre nosotras. Las más veteranas aconsejaban a las recién llegadas. A mí, como recién llegada, me recomendaron vestir de negro en los ensayos con cierto coreógrafo que cambiaba tu nombre por el color de tu vestimenta, y es que, aunque lo nuestro era un trabajo en equipo, no dejábamos de ser muchas mujeres especiales y muy diferentes, cuyo trabajo consistía en mimetizarse entre sí como una bandada de estorninos en el aire.
Formar parte del grupo no consistía simplemente en bailar. Cada una tenía su rol: las de la fila de atrás (las altas), nos encargábamos de que las filas estuvieran impecables y nadie se saliera por los laterales; las de la primera fila (las no tan altas) llevaban la batuta y marcaban las respiraciones para todas nosotras, señales que llegaban a las de la última fila a través del bloque central (las de mediana altura). Eso, en el escenario. Pero fuera, cada una desempeñaba otro rol muy marcado: la graciosa, la positiva, la que protestaba en voz alta por todas, la que se sabía todos los chismes y amenizaba los descansos, la que controlaba todo lo relacionado con las heridas en los pies y las lesiones, la que peinaba, la que maquillaba, o la que siempre salía entre show y show y nos traía chocolate a las que nos echábamos la siesta debajo del tocador.
Hoy escribo estas líneas para celebrar nuestro día, porque, cada una a nuestra manera, somos diferentes y especiales. Brindo por todas esas mujeres que he conocido por el camino y por todas las que me quedan por conocer. Las carreras al bajar del autobús y los madrugones para llegar y pillar buen sitio en el camerino, ya si eso, lo dejamos para otra ocasión.


Que bonito Lau!!!
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
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