LAS LUCIÉRNAGAS NO SON PARA EL TEATRO
Como artista en activo y sobre las tablas solo percibí el inicio de una corriente que pese a los avisos previos a levantar el telón aún sigue en auge. Ahora, como espectadora y responsable de producciones artísticas, vivo, sufro y formo parte de esa corriente en primera persona.
“Se ruega apaguen sus teléfonos móviles, el espectáculo va a comenzar”. A priori, esta frase es bastante simple, directa y de fácil ejecución, pero tiene varias capas - no te distraigas, no distraigas al resto de espectadores, a los artistas; adéntrate en una obra representada para ti, mézclate entre los personajes, las notas musicales, los movimientos, estás aquí siendo partícipe de algo que por mucho que quieras rebobinar jamás volverá a ser igual; los que están en escena necesitan de ti y de tu atención para transformar la energía y devolvértelo en forma de arte - seguramente si existiera un Pepito Grillo teatral sería algo así lo que nos aconsejaría.
En la actualidad, las tecnologías (me abstengo de añadir el “nuevas” porque ya llevan tiempo con nosotros y lo “nuevo” es, más bien, su forma de evolucionar y la manera en la que nosotros, como sociedad, evolucionamos o involucionamos, según cada cual) nos dictan el ritmo - contesta, comenta, publica, estáte a la última, dale un like, haz retweet, follow, unfollow, foto para que conste que has estado, hecho, comido… - Y así mucho más. Pero, ¿qué ocurre cuando todo esto nos absorbe de tal manera que olvidamos lo importante o simplemente por lo que hemos pagado una entrada? Creo que soy de las pocas que cuando va al cine y, por supuesto, al teatro, pone el teléfono móvil en modo avión, y al escuchar el mensaje rogando este gesto directamente lo apago, no vaya a ser que tenga alguna alarma y suene en mitad de la obra. Como mi teléfono está apagado no se me pasa por la cabeza consultar la hora en él y así de extranjis ver las notificaciones. Os sorprendería la precisión con la que desde el escenario se ve este gesto, por mucho que intentemos bajar el brillo de nuestra pantalla. El artista solo por subirse al escenario se merece toda nuestra atención, y ya ni hablamos del tiempo invertido previamente a este acto.
¿No es maravilloso sentir que el mundo se paraliza durante aproximadamente dos horas? Quienes lo practican lo confirman, pero no todos lo consiguen, y basta con comprobar el número de luciérnagas estáticas durante una función. La concentración o inmersión y disfrute de una obra es un ejercicio que se puede entrenar. No importa si la obra es buena o mala, siempre hay algo de donde tirar, sobre lo que reflexionar. Lo que está claro es que estando allí, solo de cuerpo presente, has perdido una oportunidad de sanar, nutrir tu criterio y de formar parte de algo que se crea y muere en un mismo instante, porque ninguna obra es exactamente igual por mucho que se repita, ya que su energía depende ,entre otras, de la gente que participa en esa experiencia de grupo que son las artes escénicas. No solo las luciérnagas estáticas no son para el teatro, el coro de la tos, ya si eso, lo dejamos para otra ocasión.



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